Un Nuevo Corazón
Adriana Alarco de Zadra
No tengo un momento de descanso. A veces me duermo con el soplete de soldar en mano y eso es peligroso. Podría quemarme aunque no creo que a nadie le importe más que a mí.
Ya soy grande y este año tendré 13 años, si he hecho bien las cuentas, aunque no sé en qué día nací. Agradezco este colchón que me han dado. Está con huecos y bultos pero es mejor dormir aquí que en la caja de cartón donde dormía antes. También tiene pulgas pero son mejores que la rata que me muerde los dedos en la noche.
Quisiera conocer lo que hay afuera. No me deja salir de aquí ese hombre malo que llaman Camarón. Me hace trabajar, aunque sí es verdad que nos da algo de comer. Él dice que estamos mejor que mucha gente.
¿Cómo será la otra gente? El día que quise escaparme, se me echó encima y me rompió un palo en el trasero. Pero pude salir un rato. Vi la luz, vi la calle y a otras personas caminando. Me dieron unas monedas sin que yo les pidiera nada, y eso me dio gran alegría. No todos son malos, pienso yo, hay algunos bondadosos.
No pude alejarme mucho pues Camarón me encontró. “Es mejor que no conozcas a la gente que hay afuera”, me dijo. No volví a tratar de escaparme y por eso nos regaló el colchón. Lo haré otro día y me llevaré a mi hermano. Hoy estoy cansado. Deberé escabullirme antes de que me muela a palos y me quede tieso como esa rata que quemé con el soplete la otra noche.
Miguelito duerme. Me ha dicho que le duele la mano porque se ha cortado con una lata al alcanzármela para que yo la suelde. Estoy harto de trabajar de día y también de noche. Espero que Camarón no se de cuenta de la mano herida de Miquito porque es capaz de encerrarlo en el hueco del desagüe. Aunque no nos dejará morir sino, ¿cómo pagaríamos esa suma que dice le debe nuestro padre?
Veo una luz que alumbra debajo de la puerta. ¿Habrá entrado un extraño? ¿Será un ladrón con su linterna? Si logra pasar le pediré que me lleve lejos de este sitio. Cualquier cosa debe ser mejor que estar aquí aunque Camarón repite siempre que estamos en un paraíso. ¡Quisiera conocer el paraíso para ver si lo que dice es verdad! Yo no lo creo.
Ojalá que el extraño no se tope con el malvado que tiene por lema “camarón que se duerme amanece en el plato”, y descansa sólo a ratos.
¡Ha abierto la puerta y ha entrado aquí! No conozco lo que es. Es un ser luminoso que no habla, como un fantasma verde. Su cara es muy blanca pero no la veo bien porque está oscuro. Debe ser un personaje de otros mundos que me llevará a conocer las estrellas, que yo no veo casi nunca, ni de noche.
La figura luminosa parece que flotara por el aire y da vueltas. Me está mirando, creo que me está mirando pero no llego a distinguirla. Trato de tomarle el vestido y se aleja ligerita por el cuarto. La sigo y se desvanece rápido antes de que pueda dirigirle la palabra. ¿Se habrá despertado Camarón? Oigo susurros al otro lado de la puerta. ¿Estará conversando con la Luminosa que ha venido de otros mundos? Yo también quiero salir pero no puedo. El Camarón ha echado cerrojo.
Sé que puedo escaparme como la otra vez, si él no me escucha. Puedo deslizarme por el silo del desagüe que está detrás de las planchas de hojalata. Aunque sé que está sucio y lleno de ratas, debo enfrentarme con mi suerte. Esa luz que ha venido a visitarme es mi destino. La Luminosa puede ayudarme, estoy seguro.
Basta que me tape la nariz con ese trapo y así no respiro. Soy rápido y puedo arrastrarme hasta afuera como había planeado. Así pensando, muevo las planchas de hojalata despacito para no despertar a Miguelito ni a Camarón. Bajo por el hueco y me arrastro en medio de la porquería, botando las ratas con un palo para que no muerdan.
Sé que al fondo hay una salida que llega a la calle por donde va tanta cochinada. Finalmente veo la luz cuando ya casi estoy ahogándome con el gas que sale de este túnel espantoso. No quiero saber cómo me veo. Soy una piltrafa de la vida. Pienso que no valgo nada. Menos aún si estoy apestando a mierda y a desagüe. La Luminosa me espera. La veo allí, en la calle con su figura larga toda verde, cabellos rojos que escapan de una gorra verde y ojos verdes sobre un pañuelo verde que le tapa la boca. Me indica con la mano que entre a un vehículo todo blanco. Obedezco. Adentro hay camas.
¿Me llevarán lejos de aquí? Afuera ha quedado ella. ¡Veo que habla con el Camarón! ¿Me habrá descubierto? ¡Ojalá que no me vea!
La Luminosa pone un fajo de billetes en su mano y el maldito se retira. Respiro con alivio. Me echan y me lavan con esponjas. El agua sale negra. Me dan de beber. Me pinchan con agujas. Seguramente voy a viajar a otros mundos y me están preparando. Llegaré a lo alto, donde están brillando las estrellas. Voy a ir a conocer a mi mamá. Luego, regresaré por Miguelito. Pobre Miquito, ¡quién lo defenderá ahora! Cierro los ojos. Creo que me duermo del cansancio.
Lo último que oigo es que necesitan un corazón del mismo tipo que el que yo poseo. Me volteo. Hay otro niño echado en la cama del costado. El vehículo se mueve y nos vamos alejando.
He entendido. Ese niño necesita un corazón. Yo voy a regalarle el mío para poder viajar al cielo y visitar a mi mamita.
¿Debo estar contento? Espero que sí. Finalmente voy a conocer el paraíso.
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